La ruleta de la fortuna gira y gira y nuestra vida discurre mientras los dioses se divierten jugando a los dados y a los juegos reunidos Geyper con nuestros destinos. Es una cómoda forma de sobrellevar nuestra existencia, el apolillado día a día en el que nos vemos embebidos.
De niños y adolescentes tomamos el timón de nuestro destino, un timón que no existe y que día a día se va construyendo, a medida que paseamos por el casino de la vida aprendiendo a jugar. Hoy el poker, mañana el backgamon, tragaperras, .... Nos divertimos atendiendo a las explicaciones de un amable crupiere; tomamos cada carta con curiosidad y jugamos la mano despreocupados, sin importar las fichas que ganemos o perdamos, por que son solo trozos de plástico coloreado llamativamente.
Una pareja, un trío, escalera de color, ... No importa, todas las partidas se juegan con la misma intensidad. Así llegamos a la puvertad todavía protegidos por el manto de la inexperiencia. el crupiere cambia de expresión y nos explica que tenemos un crédito inicial por cortesía de la casa con el que continuar jugando y divirtiéndonos. Nos explica en que consiste apostar y como hacerlo: buena suerte, mala suerte, farol, ganar, perder, ...
Un día, un mes, un año, una década. Con el transcurrir del tiempo el crédito se agota, junto con la ilusión, la diversión y la capacidad de sorprenderse; hasta que el dinero inicial se ha convertido en preocupaciones, deudas y rutina. Las fichas de colores se han transformado en circulares trozos de naftalina. Finalmente el dueño de la casa de apuestas se ha hecho casi sin darnos cuenta, imperceptiblemente, con esa sartén que habíamos fabricado con tanto esmero.
Nuestra vida, un juego, un tablero lleno de figuritas en el Olimpo. Aquí abajo, deseando que los Dioses clásicos jugando a la oca caigan en el puente y "de puente a puente y tiro por que me lleva la corriente". Hemos conseguido pasar una semana más, por fin ha llegado el fin de semana. De los siete días semanales, dos para nosotros, para disfrutarlos con intensidad infantil (si nos lo permite nuestras obligaciones). Los otros cinco para pulir el marmol de la mesa donde un puñado de seres mitológicos, ríen y beben.
La alternativa, un sano ateismo que inundemos de inocencia infantil. Una sartén donde sofreimos el adobo de nuestra existencia.
De niños y adolescentes tomamos el timón de nuestro destino, un timón que no existe y que día a día se va construyendo, a medida que paseamos por el casino de la vida aprendiendo a jugar. Hoy el poker, mañana el backgamon, tragaperras, .... Nos divertimos atendiendo a las explicaciones de un amable crupiere; tomamos cada carta con curiosidad y jugamos la mano despreocupados, sin importar las fichas que ganemos o perdamos, por que son solo trozos de plástico coloreado llamativamente.
Una pareja, un trío, escalera de color, ... No importa, todas las partidas se juegan con la misma intensidad. Así llegamos a la puvertad todavía protegidos por el manto de la inexperiencia. el crupiere cambia de expresión y nos explica que tenemos un crédito inicial por cortesía de la casa con el que continuar jugando y divirtiéndonos. Nos explica en que consiste apostar y como hacerlo: buena suerte, mala suerte, farol, ganar, perder, ...
Un día, un mes, un año, una década. Con el transcurrir del tiempo el crédito se agota, junto con la ilusión, la diversión y la capacidad de sorprenderse; hasta que el dinero inicial se ha convertido en preocupaciones, deudas y rutina. Las fichas de colores se han transformado en circulares trozos de naftalina. Finalmente el dueño de la casa de apuestas se ha hecho casi sin darnos cuenta, imperceptiblemente, con esa sartén que habíamos fabricado con tanto esmero.
Nuestra vida, un juego, un tablero lleno de figuritas en el Olimpo. Aquí abajo, deseando que los Dioses clásicos jugando a la oca caigan en el puente y "de puente a puente y tiro por que me lleva la corriente". Hemos conseguido pasar una semana más, por fin ha llegado el fin de semana. De los siete días semanales, dos para nosotros, para disfrutarlos con intensidad infantil (si nos lo permite nuestras obligaciones). Los otros cinco para pulir el marmol de la mesa donde un puñado de seres mitológicos, ríen y beben.
La alternativa, un sano ateismo que inundemos de inocencia infantil. Una sartén donde sofreimos el adobo de nuestra existencia.
"Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar."
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar."
"Canción del Pirata", José de Espronceda

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