Abandono mi estilo habitual para hablar de mi vida.
Soy un albañil de los datos en la sociedad de la información que curra en una multinacional atestada de valores corporativistas y mensajes prometiendonos un mundo feliz, a cambio de nuestro trabajo incondicional; de entregar nuestras vidas, nuestro cuerpo y nuestros seis sentidos. Un mensaje que mucha gente toma como suyo y se lo pone como un incomodo traje dos tallas pequeño que hay que lucir con orgullo.
En esto hablando con una compañera de cuestiones de trabajo llegamos al tema de la comunicación. Una corta conversación que vino a ser:
Icosé: Las cosas irían mejor si la comunicación fuese clara en todos los sentidos.
Anónima: cara de incomprensión
Icosé: Si hombre si la comunicación vertical -dentro de la jerarquía- fuese igual de fluida y clara de abajo a arriba que de arriba a abajo (Se me estaba animando a retener información).
Anónima: (Cara de auténtica estupefacción). ! Pero como ¡, hay que tener algo de picardía; te esperás y cuanto esté hecho lo dices, ... (y así me "apuntaba un tanto").
Icosé: Ya, pero si no nos ocultasemos información funcionarían mejor las cosas
Anónima: Si, pero este no es un mundo perfecto (cara de resignación).
Quiero destacar mi respeto personal y agradecimiento a todos mis compañer@s de trabajo pero, ....
Este fragmento de conversación en un ámbito del que no suelo hablar me pareció interesante, ya que sirve de metáfora de funcionamiento de nuestra querida "sociedad civilizada" del siglo XXI (según el calendario cristiano).
Millones de personas conviviendo en un mundo imperfecto, perfectamente conscientes de los errores de los que se ven rodeados y dos platillos contrapuestos en una balanza. Vivir en la comodidad de una soportable y conocida imperfección existencial, o pensar que estamos en un mundo mejorable y que molestarnos en salir de nuestra vida, de nuestro sillón del Ikea, de nuestra máquina de café por las mañanas con una conversación apolillada, como bañada en naftalina; nos hará avanzar.
Esto produce una inquietud, que tras las primeros pasos, torpes por definición, lenta y literalmente va llenando nuestra sangre e invadiendo nuestras células, creando una adicción que no entendemos muy bien por qué está ahí , pero que como todas las adicciones la necesitamos y no la podemos parar.
¡¡ Pues para volverme un yonki, me quedo con mi tele de plasma !! Sería la reacción más lógica ante lo expuesto, pero y ahí llega la grandeza de la previsión y del optimismo, cuando miramos hacia atrás y pensamos en por que coño nos levantamos hará años de nuestro sillón de estilo nórdico, nos damos cuenta, de que el mundo en el que habitamos es algo, "una mijá", más perfecto, la gente a nuestro alrededor es un poquito más feliz. Y esa adicción que temíamos y ahora vivimos día a día esa, ..., es la felicidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada