Después de bastante tiempo en silencio ayer me encontraba viendo la tele y se me ocurrió, más bien me vino la necesidad de publicar un articulillo (una de mis típicas pajas mentales).
Ha sido el 20 aniversario de aquellas manifestaciones estudiantiles, que consiguieron llevar a al sector de "adolescentes gritones y apasionados" a poner en un aprieto al gobierno de Felipe González. Lo primero que me sobrecogió es como pasa el tiempo, Dios, ya han pasado 20 primaveras, yo solo era un niño cuando esto acontecía.
Sí, estoy hablando de aquel Cojo Manteca, que sin tener nada que ver con unas pacíficas protestas, se convirtió en su símbolo.
Lo siguiente que me llamó la atención es cómo puede cambiar una sociedad en tan solo 20 años. El aparato alienante de rayos catódicos (ahora TFT y plasma) mostraba una muchedumbre de jóvenes saltando y gritando para apoyar sus ideales. Por supuesto, la respuesta a una manifestación pacífica de esta clase, eran reuniones con cierto caracter apasionado entre el Gobierno y el Sindicato de Estudiantes. Por desgracia, cuando lo pacífico se tornaba en disturbios, la respuesta policial era desmedida (pero esto lo trataré en otra entrada).
Volviendo al reino de la palabra, dos décadas mas tarde, juntar a un millón de estudiantes removiendo las calles, se dá por muy difícil (casi sorprendente) o imposible. La respuesta a una queja de carácter moderado, en el 90% de los casos, es una réplica difusa y da un fruto estéril.
por desgracia esto no sólo es aplicable a las huelgas, también se puede llevar al resto de ámbitos de la vida. Es como si la necesidad de expresarse en público y de manera pasional se hubiese encerrado en el armario del corazón y rodeado de polill y de bolas de Naftalina para que no se desgasten.
Sucede también, que cuando vamos a echar mano de un traje del guardarropa interior, los estos se encuentran cada vez más descoloridos y apagados.
Por otro lado es conocida una propensión humana a tratarla de manera despectiva, nos trae sin cuidado y con el tiempo va perdiendo su efecto. Así las polillas de nuestro "fondo de armario más íntimo", pueden ir despertando y reproduciéndose y finalmente, con el paso del tiempo, dejan de encontrar obstáculos para mordisquear las americanas, camisas y corbatas, hasta que la última prenda de la que podemos echar mano, son unos grises zapatos con los que transitar por este mundo.
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